La clase de Javi

La imagen es de un resumen sacado de un libro de filosofía de primaria...
La perpendicularidad solo muestra la ambivalencia; la imposibilidad de que la proposición muestre claramente la verdad por sí sola. De todos modos, la perpendicularidad se muestra.

¿Es esta perpendicularidad parecida a la brutal difración que sufre el Dios deviniente al chocar contra la cosmología individual y que se explica en 60 y 61?...
¿Puede todo esto depender de la forma de procesar los significados de las palabras "asombro" y "admiración"... ¿Qué acto haría procesar estos significados de modo deviniente o antiproyectado?... ¿Es algo sicológico, o es el Espíritu Santo?
¿Vino Cristo a salvar al Hombre o a Salvar a Dios (atrapado en la autoconciencia del Hombre)?
Yo siempre dije que Dios era tonto de bueno...
Bien!, dejemos de divagar:
El texto de más abajo es de Silvia Rivera, una eminente pensadora, de quien recomiendo su libro "Wittgenstein, entre paradojas y aporías"...
Cuando tenga más tiempo terminaré los comentarios.
LA FILOSOFÍA TERAPEUTICA: La paradoja como vacuna contra la enfermedad filosófica.

Tanto en el Tractatus como en las Investigaciones Filosóficas Wittgenstein contrapone dos conceptos de filosofía. Por una parte, el concepto dogmático y tradicional, caracterizado por el incansable aleteo de sus detentores, quienes a la manera de moscas encerradas en una botella, evidencian una total incapacidad para trascender el nivel discursivo, golpeándose sin cesar contra los barrotes de una jaula que ellos mismos fabricaron. Es éste el concepto negativo de filosofía, contra el que Wittgenstein dirige sus críticas. Por otra parte, se encuentra el concepto de filosofía terapéutica, al que Wittgenstein reconoce una función positiva, es decir activa.

Muchos años antes, en el Tractatus, Wittgenstein denunciaba el com pleto sinsentido de las proposiciones de la metafísica clásica. Ahora, en las Investigaciones Filosóficas, transita los caminos por los que nos conducen sus temas principales para mostrarnos la trampa que nos tiende su condición aporética. Estas aporías se producen cuando el lenguaje “hace fiestas” (IE §38), es decir, sale de vacaciones: “Los problemas que nos ocupan surgen cuando el lenguaje marcha en el vacío, no cuando trabaja’ (I.E § 132). Porque la filosofía tradicional despoja a las palabras de aquello que les da vida: sus usos cotidianos y las situaciones concretas en las que estos usos se efectivizan. Persiguiendo esencias, conceptos puros, procesos inmateriales y fundamentaciones racionales últimas, los filósofos sólo han logrado crear un reino de fantasmas. Lo grave es que su perversión nos seduce y fascina al punto de convertimos en enfermos complacidos que se resisten a la cura, entre otros motivos, para conservar el privilegio ganado con el esfuerzo de años: el sitio de honor reservado para la Verdad y el Saber Absolutos. Porque aun cuando se presenta bajo la máscara de la pura y desinteresada teoría, lo cierto es que el discurso de la filosofía tradicional ocupa un lugar de poder en nuestra sociedad. Desde allí produce efectos innegables, garantizando el sistema de creencias establecidas y las prácticas sociales que a ellas corresponden. Al enmascarar la real relación existente entre nuestras prácticas y nuestros conceptos empobrece en forma alarmante nuestra capacidad de acción. El discurso filosófico oculta de modo deliberado sus condicionamientos y el modo de funcionamiento de sus conceptos, aislándose en un pretendido reino de universalidad y objetividad absolutas. Pero la consecuencia inevitable de este aislamiento del lenguaje es que queda sin contención su poder de crear ídolos. “En nuestro lenguaje hay anclada toda una filosofía” afirma Wittgenstein, al tiempo que nos muestra como, ya desde el más puro y formal nivel sintáctico, el lenguaje nos obliga a pensar en términos de sustancia, sujeto, causa funda- mento.... El privilegio de la práctica filosófica tal como la conocemos hasta ahora se asienta en prejuicios y es necesario reconocerlos primero, para poder luego proceder a desactivarlos.

Pero si bien es cierto que la causa última de la enfermedad filosófica que nos aqueja se encuentra en el lenguaje, en el lenguaje también está la clave para la cura. La filosofía aleja a las palabras de sus juegos de lenguaje originarios y cuando esto ocurre lo familiar nos parece extraño, y esta extrañeza nos provoca la ilusión de lo profundo y esencial. Para neutralizar el poder de estos mitos es imprescindible reconducir estas palabras al ámbito que le es propio. Si lo logramos advertiremos que toda extrañeza desaparece y podremos pisar una vez más terreno firme.

No queda otra alternativa, pues, luego del reconocimiento de la enfermedad filosófica que nos aqueja, que abocarse de lleno al estudio del lenguaje. Pero el modo de implernentar este estudio no es ya el analítico. Porque no se trata de descubrir la inmutable forma lógica de nuestras proposiciones o construir lenguajes artificiales que excluyan toda vaguedad y ambigüedad a través de las rígidas reglamentaciones de sus leyes lógicas. Wittgenstein tiene claro que no aspira a un ideal, porque nuestro lenguaje “está en orden tal como está” (IF §98). El estudio que los filósofos lógicos y analíticos reali zan del lenguaje está impregnado por la ilusión de la esencia. Ellos convier ten a conceptos tales corno “proposición”, “deducción”, “experiencia” y “ver dad” en “super-conceptos” y al orden existente entre ellos en un “super-orden” que refleja con precisión el orden del pensamiento y del mundo (IF §97). Pero bien sabemos ya que no hay un Orden perfecto sino una infinita dispersión de órdenes posibles instaurados a través de los juegos de lenguaje que inventamos y en los que las palabras se mezclan con las acciones. Pala bras tales como “proposición”, “deducción” e “inferencia” no tienen un sta tus o jerarquía diferente a la de las demás palabras, y con respecto a ellas puede y debe aplicarse el criterio que Wittgenstein propone para las palabras tales como “experiencia”, “lenguaje” y “mundo”. Es por esto que es posible afirmar en Wittgenstein que “Si es que tienen un empleo, han de tenerlo tan bajo como las palabras ‘mesa’, ‘lámpara’, ‘puerta” (IF §97).

Aceptar esto no es fácil, porque grande es la fascinación que ejerce so bre nosotros el ideal de la perfección e inmutabilidad. Ideal al que difícil mente se adecúan las cosas y las palabras que cotidianamente manejamos:

"""Cuanto más cerca examinamos el lenguaje efectivo, más grande se vuelve el con flicto entre l y nuestra exigencia. (La pureza cristalina de la lógica no me era dada corno resultado: sino que era una exigencia). El conflicto se vuelve insoportable, la exigencia amenaza ahora convertirse en algo vacío. —Vamos a parar a terreno hela do donde falta la fricción y asi las condiciones son en cierto sentido ideales, pero también por eso mismo no podemos avanzar. Queremos avanzar, por ello necesita rnos la fricción Vuelta a terreno áspero! (IF 107)."""

Describiendo nuestros cotidianos usos del lenguaje es como egresamos al suelo áspero de la práctica lingüística ordinaria. La filosofía terapéutica se implementa como una filosofía del lenguaje, pero no guiada por las exigencias de la lógica, sino por la constatación de las peculiaridades del lenguaje que de hecho tenemos. A esta práctica filosófica Wittgenstein reconoce una tarea importante: retrotrae las palabras del lenguaje filosófico que gira en el vacío de los significados puros a las situaciones concretas en las que comúnmente son utilizadas.

Queda claro que esta filosofía no se presenta como teoría sino como pura actividad. Esta actividad tiene, en un primer momento, un objetivo crítico: la destrucción de las ilusiones filosóficas mediante una adecuada descripción o relevamiento de nuestras formas habituales de hablar, para constatar que estas formas para nada coinciden con las reclamadas por los filósofos. Ayuda mucho también enfatizar alguna que otra paradoja detec tada en la tarea de recopilación; o de lo contrario, inventarlas. Porque el absurdo o sin sentido que surge cuando por ejemplo imaginamos situacio nes en las que las palabras se usan fuera de contexto, es comparable al sinsentido de las proposiciones filosóficas. En ambos casos nuestras pala bras no tienen los efectos esperados, produciendo una sensación de extra ñeza, y aún de inquietud e incomodidad:

¿Por qué no puede mi mano derecha donar dinero a mi mano izquier da? —Mi mano derecha puede poner monedas en la izquierda. Mi mano derecha puede escribir un documento de donación y mi mano izquierda un recibo. Pero las ulteriores consecuencias prácticas no serian las de una donación. Cuando la mano izquierda ha tomado el dinero de la derecha, etc., uno se preguntará “Bueno ¿Y luego qué?” Y lo mismo podría preguntarse si alguien hubiese dado una explicación privada de una pa labra. (IF §268).

Forzar a las palabras que expresan sensaciones a convertirse en nom bres es semejante a imaginar que nuestra mano derecha dona dinero a la izquierda. Y también:

“””Imagínate que alguien dijese: Pero yo sé qué alto soy, y a la vez llevara la mano como señal a su coronilla. ( IF §279).

Esta situación que nos parece tan absurda es similar al intento de fun damentar la corrección de una regla en un proceso o vivencia interna y personal que no puede ser ratificada por medio de criterios públicos.

Muchos otros usos de paradojas o sinsentidos es posible encontrar en las Investigaciones Filosóficas. Por ejemplo, cuando 3 imagina tribus con lenguajes y costumbres extrañas ( IF §206 y SS. y también §243), pero la función es siempre la misma y es el propio Wittgenstein quien la resume así:

”””Lo que quiero enseñar es: cómo pasar de un sinsentido no evidente a uno evidente (IF §464).””””

Porque el sinsentido que se torna evidente es por lo menos maneja ble. Además nos sensibiliza convenientemente predisponiéndonos a una más rapida detección de casos semejantes que se presentan de modo encubierto.

Cabe destacar que todos los problemas filosóficos, en tanto tienen la forma de aporías —en palabras de Wittgenstein, “no sé salir del atolladero” (IF § 123)—, no pueden encontrar una solución teórica. En realidad es más exacto decir que no admiten solución alguna. En todo caso pueden disolverse y esto ocurre cuando cambiamos la dirección de la mirada advirtien do que en verdad no había allí problema alguno sino tan sólo una confu sion linguistica o gramatical:

”””””¿De donde saca nuestro analisis su importancia puesto que sólo parece destruir todo lo interesante, es decir, todo lo grande e importante? (Todo edificio en cierto modo: dejando sólo pedazos de piedra y escombros). Pero son sólo castillos en el aire los que destruimos y dejamos libre la base del lenguaje sobre la que se asientan. (IF §118).”””””

La filosofía terapéutica nos libera de las ilusiones lógico-metafísicas. Al hacerlo puede quizás dejarnos la impresión de que ha destruido cosas im portantes sin darnos nada a cambio y en cierto sentido así es. Pero las cosas importantes no eran sino las cadenas que nos amarraban a una equivocada concepción del lenguaje y el mundo. Y si nada ofrece a cambio no es por incapacidad sino por convicción. No es reemplazando una teoría por otra como inauguraremos una nueva práctica filosófica, sino creando un espacio que nos permita una acción eficaz. Y sólo a través de una práctica filosófica en apariencia inocente —el propio Wittgenstein dice que “deja todo como está” (IF § 124)— es posible recuperar plenamente nuestra capacidad de acción. Capacidad de acción cuya pérdida se debe en gran parte a la enfermedad de la filosofía tradicional, que insiste en disfrazar a los hom bres-moscas el camino de salida de la botella. (IF. §309).

Porque aun cuando deja todo como está, la filosofía terapéutica, al liberamos de hipocresías y falsas ilusiones, nos permite lograr la justa visión de la relación entre nuestras prácticas y nuestros conceptos. Sobre la base de esta comprensión podremos, si es que consideramos deseable y necesa rio un cambio, proceder a concretarlo con la mayor eficacia. Cambio que para ser real deberá trascender el ámbito de la filosofía, a menos que sólo quiera ser un cambio en apariencia.

(60) Confunde un poco el hecho de que Wittgenstein utiliza la palabra “filosofía”, a secas, tanto para referirse a la filosofía a la que confiere un valor positivo, como a la que rechaza como negativa. Por lo tanto es el contexto el que nos indica, en cada caso, como es usada la palabra filosofía.

(61)Wittgenstein, Ludwig, ‘Observaciones sobre ‘la rama dorada’ de Frazer” en Vortrag über Ethik und andere Ideine schrttften, Frankfurt, Siehrkamp, 1989.

(62) Cf. TLP. 5.5563.

(63) Una vez más encontramos en el Tractatas el antecedente de esta idea: “La filosofía no es una teoría, sino una actividad”. (TLP 4.112).

(64) Pitcher, George, “Wittgenstein, nonsense and Lewis Carroll”, en Fann, op. cit. pp. 315-355.
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